Ficha de cátedra Nro.1

Instituto de Educación Superior Nro. 2
"Mariano Acosta"

Cátedra: Seminario de Epistemología
Profesora: Mg. Liliana Ponce

Ficha de Cátedra Nro. 1.
La discusión epistemológica. Más allá de la teoría del conocimiento y de la metodología de la investigación científica.



Unidad Temática: El estatuto de la Filosofía de la Ciencia.
Contenidos: Epistemología y Teoría del Conocimiento. Filosofía de la Ciencia e Historia de la Ciencia. Los discursos y los métodos de validación de las disciplinas: ciencias formales, ciencias naturales y ciencias sociales. Epistemología y Metodología.

La Epistemología es la disciplina filosófica que se ocupa de “pensar la ciencia”. Para hacer un abordaje que permita reconocer el proceso de su constitución histórica como “filosofía de la ciencia” a partir del siglo XX, es necesario distinguirla tanto de la Teoría del conocimiento o Gnoseología, como de la Metodología de la ciencia y de la Historia de las ciencias.
La Gnoseología hace referencia al objeto de preocupación dominante en los siglos XVII y XVIII, esto es, al intento de fundamentar sobre bases sólidas la nueva ciencia natural moderna. De Descartes a Kant, pasando por Hume, lo que está puesto en juego es el problema de la objetividad y de la verdad de nuestras representaciones científicas. Como señala Jürgen Habermas (Conocimiento e interés, 1968):
“Si construyésemos la discusión filosófica de la edad moderna bajo la forma de un proceso judicial, la única cuestión sobre la que este tendría que pronunciarse sería: cómo es posible un conocimiento fiable. La expresión “teoría del conocimiento” se acuñó por primera vez en el siglo XIX, pero el objeto al que se mira retrospectivamente es el objeto de la filosofía moderna en general o, por lo menos, de la filosofía hasta el umbral del siglo XIX. El propósito característico del pensamiento racionalista y del empirista apuntaba, en igual medida, a la demarcación metafísica de los objetos y a la justificación lógica y psicológica de la validez de la ciencia natural, que se caracterizaba por la utilización de un lenguaje formalizado y la vía experimental...” (Habermas, 1968, Cap. I, La crisis de la teoría del conocimiento).
La filosofía trascendental kantiana se sitúa así en la “antesala” de la Epistemología. La Crítica de la Razón Pura (1781-1787) desarrolla una filosofía sobre la ciencia que pretende alcanzar la fundamentación de la verdad y de la objetividad de las representaciones cognoscitivas. Esta filosofía establece, en primer lugar, las condiciones de posibilidad de la experiencia científica y, en segundo lugar, los criterios que permiten decidir la verdad o la falsedad de las proposiciones de la ciencia.
El modelo de cientificidad en el siglo XVIII está suministrado por la Matemática (fundamentalmente la Geometría euclidiana) y la Física galileano-newtoniana. Ambas se consideran saberes precisos, rigurosos y objetivos, capaces de “demostrar” la verdad de sus proposiciones.

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A medida que avanza el siglo XIX, estas características hacen que “la ciencia” se vaya consolidando como “ideal” para toda forma de conocimiento. La filosofía positiva proporciona una “teoría de la ciencia” –frente a la clásica “teoría del conocimiento”- que posibilita una progresiva “positivización” de los saberes y una positivización incluso de la filosofía.
Según Habermas, el positivismo implica una determinada “actitud filosófica” frente a las ciencias, una actitud caracterizada como:
- dogmática: en cuanto acepta la “realidad de hecho” de la ciencia
- reduccionista: en cuanto la ciencia moderna encuentra su ideal en la ciencia físico-matemática
- prohibitiva: en cuanto prohíbe toda reflexión en el sentido de la teoría del conocimiento
- metodológica: en cuanto afirma que es necesario establecer un conjunto de reglas para producir y comprobar teorías de carácter científico
- demarcatoria: en cuanto considera que toda teoría de la ciencia que exceda el marco de la metodología científica será considerada como “superflua” y “carente de sentido” como la metafísica.
En el Discurso sobre el espíritu positivo (1844), August Comte realiza un análisis semántico del término positivo, intentando destacar las marcas de cientificidad de un saber.

POSITIVO es:
  • “Lo real” en oposición a “lo quimérico”
  • “Lo cierto” en oposición a “lo indecidible”
  • “Lo preciso” en oposición a “lo vago”
  • “Lo útil” en oposición a “lo inútil”
La ciencia, a diferencia de la meta-física debe ocuparse de “los hechos”, de aquello que pueda ser asequible a la observación y a la experimentación, y debe excluir la consideración de los “impenetrables misterios” de que se ocupaba la Metafísica. La observación de los hechos y la experimentación controlada permiten llegar a un “acuerdo” respecto de lo que es verdad, mientras que la metafísica conducía a dudas indefinidas y discusiones interminables. La ciencia opera en la construcción de teorías capaces de enlazar enunciados observacionales y enunciados teóricos explicativos, que manifiestan el “verdadero espíritu filosófico”, frente a las opiniones “vagas” e imprecisas de la metafísica. Se trata de un saber explicativo y predictivo que tiene como fin la “previsión racional” de los fenómenos que permite el dominio “técnico” de la naturaleza y el “mejoramiento” de la vida social, frente a la esterilidad de las disputas metafísicas (Comte, 1844, Cap. 2).
Comte va a enunciar también un conjunto de reglas de construcción y de comprobación de las teorías científicas:
1era. Regla: Toda proposición que no pueda reducirse estrictamente al mero enunciado de un hecho, particular o general, no puede ofrecer ningún sentido real o inteligible. Su eficacia científica resulta exclusivamente de su conformidad, directa o indirecta, con los fenómenos observados. La pura imaginación se subordina necesariamente a la observación.
2da. Regla: La revolución fundamental que caracteriza a la “virilidad” de nuestra inteligencia consiste esencialmente en sustituir en todo a la inaccesible determinación de las causas propiamente dichas, la investigación de las leyes, es decir, de las relaciones constantes entre los fenómenos observados. No podemos verdaderamente conocer sino las diversas conexiones naturales aptas para su cumplimiento, sin penetrar nunca en el misterio de su producción.
3era. Regla: En lo que consiste realmente la ciencia, a la cual los hechos propiamente dichos, por exactos y numerosos que puedan ser, nunca procuran otra cosa que materiales indispensables en la formulación de leyes. La verdadera ciencia, lejos de estar formada de meras observaciones, tiende siempre a dispensar, en cuanto es posible, de la exploración directa, sustituyéndola por aquella previsión racional que constituye, en todos los aspectos, el principal carácter del espíritu positivo, como el conjunto de los estudios astronómicos nos lo hará advertir claramente. La ciencia no debe confundirse con la vana erudición que acumula hechos sin aspirar a deducirlos unos de otros. El verdadero espíritu positivo consiste, ante todo, en ver para prever, en estudiar lo que es, a fin de concluir de ello lo que será, según el dogma general de la invariabilidad de las leyes naturales. (Comte, 1844, Cap. 1)
Esta teoría de la ciencia, de corte positivista, desplaza el eje de la reflexión filosófica desde la cuestión del fundamento de las representaciones científicas a la cuestión del método de producción del conocimiento científico. En adelante, la reflexión filosófica se reduce a una reflexión metodológica. Se desplaza además, la figura central del sujeto del conocimiento hacia la observación de los hechos. El conocimiento científico se define pues por “atenerse a los hechos” y sistematizar en un “orden lógico” las proposiciones derivadas de la experiencia.
Hacia fines del siglo XIX se consolida esta mirada “cientificista” de los saberes, a pesar de los intentos del Historicismo por salvaguardar a las disciplinas humanísticas de los avances del positivismo. Así, Wilhem Dilthey en su Introducción a las ciencias del espíritu (1883) comienza una disputa metodológica por las ciencias “del espíritu” que persiste hasta nuestros días. Desde su punto de vista, el positivismo no ha hecho más que “mutilarlas” al pretender adaptarlas a los conceptos y los métodos de las ciencias de la naturaleza.
Según Dilthey, es necesario establecer una diferencia entre las “ciencias de la naturaleza” y las “ciencias del espíritu”. Mientras las primeras implican un grado de objetivación de la naturaleza –en cuanto conjunto de fenómenos sujetos a leyes generales y exterior al sujeto cognoscente- y su finalidad es puramente explicativa y técnico-instrumental; las segundas implican un grado menor de objetivación frente a la realidad histórica y espiritual y su finalidad es la comprensión e interpretación de los fenómenos. Los “hechos de conciencia” son incomparables con los “hechos naturales”. La historia y los demás fenómenos “espirituales” (fines, valores, intenciones) no pueden ser entonces “explicados”, ya que no están sujetos a leyes invariables de carácter general, sino solamente “comprendidos” e “interpretados”. Esta discusión atraviesa aún hoy el estatuto de cientificidad de las ciencias sociales.
La teoría de la ciencia en cuanto Metodología de la ciencia se inscribe entonces en el debate metodológico que provoca la emergencia de las ciencias sociales en el siglo XIX, su necesidad de constituirse en saberes reconocidamente científicos, objetivamente válidos. En este sentido, la filosofía de la ciencia se convertirá en análisis de los procedimientos de construcción y de comprobación de las teorías científicas. Según Habermas:
“A partir de entonces, la teoría del conocimiento tuvo que ser sustituida por una metodología vaciada de todo pensamiento filosófico. De hecho, la teoría de la ciencia, que hacia la mitad del siglo XIX asume la herencia de la teoría del conocimiento, es una metodología ejercitada desde la autocomprensión cientificista de las ciencias. El “cientificismo” significa la fe en la ciencia en sí misma, o dicho de otra manera, el convencimiento de que ya no se puede entender la ciencia como una forma de conocimiento posible, sino que debemos identificar el conocimiento con la ciencia. El positivismo, que aparece en primer plano con Comte, utiliza tanto los elementos de la tradición empirista como de la tradición racionalista para reforzar a posteriori en vez de someter a examen, la fe en la ciencia en su propia validez exclusiva y para dar cuenta, apoyándose en esta fe, de la estructura de las ciencias. El positivismo moderno ha cumplido con esta tarea con notable sutileza e indiscutible éxito...” (Habermas, 1968, Cap. 2).
Esto significa que, a pesar de la discusión metodológica de fines del siglo XIX, una imagen de la ciencia se va imponiendo, y “la ciencia” comienza a tomar ciertas características distintivas, esto es, ciertas características que la distinguen de los demás saberes. En este contexto histórico es donde emerge la Epistemología.

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La Epistemología entonces, se define como “teoría del conocimiento científico” que tiene la pretensión de indagar los elementos de juicio mediante los cuales una teoría puede ser reconocida como “científica”. Si quisiéramos establecer cuál es el problema propio de esta rama de la filosofía, podríamos decir, como Popper –uno de los más relevantes epistemólogos del siglo XX- que se ocupa del “problema de la demarcación”. En lo que sigue, vamos a tratar de aclarar en qué consiste el problema de la Epistemología y, a lo largo del desarrollo de esta asignatura, cuáles fueron los principales intentos de solución a este problema.
Como señala Eugenio Trías (La filosofía y su sombra, 1969), el problema de la demarcación consiste en que la filosofía asume la “tarea” de distinguir-delinear-circunscribir el conocimiento científico. Para hacerlo, debe establecer un “reglamento” según el cual el conocimiento científico se diferencia de otros discursos porque cumple con ciertos requisitos. De las características enumeradas en este reglamento dependerá la consideración del carácter científico (o no) de los discursos sometidos al examen del epistemólogo.
 
  • Actividad Nro. 1:
  • Tomemos por el momento la norma establecida por Comte para distinguir al conocimiento científico. Según él, todo conocimiento que pretenda ser reconocido como científico debe ser “positivo”. Hagamos entonces un ejercicio de reflexión: ¿cuáles de los saberes por ustedes conocidos cumple con las características señaladas por Comte?
A partir de este reglamento, continúa Trías, es posible distinguir los discursos en los cuales los rasgos están presentes y los discursos en los cuales los rasgos están ausentes. Si los rasgos están presentes, decimos entonces que un saber posee las “marcas de cientificidad” admitidas para que pueda ingresar al dominio o territorio del saber científico. En el caso de que esas marcas estén ausentes, entonces nos encontramos con saberes no marcados y, en cuanto tales, no-científicos.
A lo largo del desarrollo de la Epistemología, se han dado diferentes “reglamentos”, esto es, distintos conjuntos de marcas de cientificidad, y han sido diferentes las maneras de nombrar esos saberes no marcados. Como vimos, ese saber no marcado, según Comte, llevaba el nombre de “metafísica”. La metafísica es para él un saber no científico porque no es un saber “positivo”. A lo largo del siglo XX, estos “criterios de demarcación” que permiten distinguir entre “saberes científicos” y “saberes no científicos” han ido variando, en la medida en que las corrientes epistemológicas han sufrido las críticas de otras posiciones que pretenden delimitar cuáles son los rasgos distintivos del saber científico.
“Hemos llamado a este problema el problema de la demarcación. En efecto, según esta hipótesis toda filosofía se plantea como tarea explícita marcar aquellos discursos en los que se hace visible la marca del saber estipulada por una determinada reglamentación. Y por consiguiente, de-marcar esos discursos de aquellos otros en los que la marca está ausente (-). Toda filosofía se plantea, por tanto, un problema que presupone el mantenimiento del cuadro en cuestión, verdadera estructura del discurso filosófico. Y cada filosofía resuelve dicho problema a su modo, según la modalidad del reglamento (variable) que adopta.” (Eugenio Trías, La filosofía y su sombra, Estructura y función de la filosofía, 1969).
Uno de los rasgos distintivos del saber científico es el conjunto de procedimientos a través de los cuales se produce (métodos de producción) y se valida (métodos de validación) del saber. Este conjunto de procedimientos racionales se conoce con el nombre genérico de “método científico”. De este modo, aquello que caracteriza a la ciencia es el método a través del cual se construye ese saber o conocimiento.
En virtud del tipo de método utilizado para alcanzar el conocimiento, se puede establecer una primera distinción entre “ciencias formales” y “ciencias empíricas” .
“El núcleo metodológico de las ciencias formales como la Lógica y la Matemática lo constituye el método axiomático. Este método consiste en la postulación de un conjunto de proposiciones o enunciados los cuales guardan entre sí una relación de deducibilidad. Este conjunto de proposiciones recibe el nombre de sistema axiomático por cuanto el punto de inicio de toda la cadena deductiva lo constituyen los axiomas, proposiciones cuya verdad no se demuestra aunque se toman como verdaderas. A partir de los axiomas y mediante la aplicación de una serie de reglas de inferencia, se derivan los otros componentes de la cadena deductiva denominados teoremas. Estos, habida cuenta del proceso deductivo que les dio origen, habrán de ser verdaderos en la medida en que lo sean los axiomas. A su vez, en todo sistema axiomático, los conceptos o términos con los que arman sus enunciados constituyentes pueden ser de dos tipos: términos primitivos o indefinidos, aquellos que se aceptan y emplean sin definición y términos definidos, aquellos que se definen a partir de los términos primitivos. Como un ejemplo de la aplicación del método axiomático en el campo de la Matemática puede citarse el desarrollo, por parte del matemático italiano Giuseppe Peano, de un sistema axiomático para la aritmética de los números naturales. Este sistema, conocido genéricamente como la axiomática de Peano, consta de los siguientes elementos constituyentes: (a) un conjunto de términos primitivos tales como ‘uno’, el predicado ‘ser número natural’ y la operación ‘sucesor inmediato’ y, (b) un conjunto de axiomas tales como ‘uno es un número natural’, ‘el sucesor de uno es también un número natural, ‘no hay dos números naturales que tengan el mismo sucesor, etc. Es a partir de estos axiomas como se pueden demostrar los teoremas propios de la aritmética referidos a las propiedades (conmutatividad, asociatividad, etc.) de las operaciones de suma, resta, multiplicación y división”. (Fernández, 2001)
El método propio de las “ciencias empíricas” ha sido objeto de la discusión epistemológica que se da en la primera mitad del siglo XX. Las tesis más conocidas en este terreno son las posiciones inductivistas y refutacionistas, que veremos más adelante.
Por el momento, sólo nos falta distinguir la Epistemología de una disciplina que, a partir de la década del ’60 va a poner en duda los supuestos no interrogados de lo que se conoce como “la tradición heredada”, esto es, qué papel juega la historia de los desarrollos teóricos y metodológicos en la configuración de las teorías científicas. La Historia de las ciencias, que también ha sufrido transformaciones sucesivas a lo largo de su despliegue, se va a ocupar de los avances del conocimiento científico, de la influencia de las variables extracientíficas en el desarrollo de las teorías y, en general, está ligada a la historia cultural de la humanidad.

  • Actividad Nro. 2: Redactar un breve texto (máximo: una carilla) donde quede expresado:
  • a) Cuál es la tarea de la Epistemología y qué relación se puede establecer entre "filosofía" y "ciencia".
  • b) Cuál es el sentido de la tarea de la "demarcación".
  • c) cuál es la especificidad del método de investigación propio de las Matemáticas
 

Bibliografía:
-Habermas, Jürgen (1968). Conocimiento e interés, Buenos Aires, Taurus, 1989
-Comte, August (1844) Discurso sobre el espíritu positivo. Madrid, Alianza, 1985
- Dilthey, Wilhem (1883) Introducción a las ciencias del espíritu, Madrid, Alianza, 1980
- Fernández, Humberto (2001). “La naturaleza de la ciencia y el método científico” en Revista de Psicología y Pedagogía, USAL, Año II, Nro. 5 Marzo.
- Trías, Eugenio (1969). La filosofía y su sombra, Barcelona, Anagrama